En ruta hacia la costa
3 de abril de 2024
El sol se despedía lentamente, bañando el paisaje árido con tonos de cobre y oro. Con cada kilómetro que recorríamos, sentía cómo Marruecos se iba despojando de sus secretos, pero no sin antes entregarme otro enigma para resolver. A medida que nos acercábamos a la costa, algo en mí se agitaba; un instinto, quizás, o la intuición que me ha mantenido vivo en este oficio.
Fue entonces cuando vimos el fuerte. Un coloso olvidado, devorado por el tiempo y la arena, como un testigo silencioso de historias que nunca debieron ser contadas, en una de sus paredes reconoci uno de los simbolos del Cáncan ¿Que hacia una palabra indigena de america del sur en medio de marruecos? Detuve el auto y, con una mezcla de emoción y ansiedad, decidí explorar.
El interior del fuerte estaba en ruinas. Había restos de vigas quemadas y paredes marcadas por el hollín. Todo hablaba de un incendio feroz, uno que, sin embargo, parecía haberse desatado con un propósito claro. Explorando una sala lateral, el suelo cedió bajo mis pies, arrojándome a una fosa oculta.
Fue en ese pozo oscuro y polvoriento donde encontré la carta, oculta entre los escombros. Era un pedazo de papel amarillento, arrugado pero aún legible. La letra, apresurada y temblorosa, contaba la historia de un soldado que, tras presenciar lo imposible, sintió la necesidad de escribir a su madre.
Ignacio Cruz. No podía ser otro. Ese hombre, ese símbolo de resistencia y sacrificio, se alzaba una vez más, pero ahora bajo un nuevo misterio. ¿Qué conexión tenía con el fuego que no lo consumía? ¿Era ese mismo fuego que había visto en la cueva de Jujuy?"Hoy vi algo que nunca olvidaré, madre. Un hombre entró en la casa envuelta en llamas. Todos creímos que perecería, pero salió ileso, con un niño en brazos. No sé qué clase de criatura es, pero no es como nosotros. El fuego no le toca."
Juliette me ayudó a salir de la fosa. Al contarle lo que había encontrado, su rostro se iluminó con una emoción que rara vez dejaba ver. En un arrebato, saltó a mis brazos y me abrazó con fuerza. Su risa resonó en el fuerte abandonado, una melodía que contrastaba con la gravedad del hallazgo.
Por un instante, todo se detuvo. La calidez de su cuerpo, su aliento rozando mi cuello, el peso ligero de sus brazos alrededor de mí. Mis manos, instintivamente, se posaron en su cintura. La miré y ella me sostuvo la mirada, sus ojos brillando con una mezcla de alegría y algo más profundo.
La cercanía era innegable. Sentí su piel bajo mis manos, la suavidad que se mezclaba con la firmeza de alguien que ha enfrentado la vida con valentía. Su respiración se volvió más lenta, más pesada, como si estuviera esperando algo.
Entonces, como un cuchillo que atraviesa el alma, la imagen de Jimena apareció en mi mente. Su sonrisa, sus manos sobre las mías, la promesa de un futuro que nunca llegó. Solté a Juliette con suavidad, evitando su mirada.“Lo siento”, murmuré, dando un paso atrás. El momento se rompió como un cristal cayendo al suelo.
Ella no dijo nada, pero lo entendió. Su rostro reflejaba una mezcla de decepción y comprensión. El silencio entre nosotros fue pesado, cargado de palabras no dichas.
Mañana cruzaremos a España. Pero esta noche, llevo conmigo no solo las pistas de Ignacio Cruz, sino también la carga de un amor que aún no he dejado ir.




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