Cruzando el Mediterráneo
7 de abril de 2024
El Mediterráneo es una paradoja. Desde la cubierta del ferry, la brisa salada acaricia mi rostro, llevándose con ella el peso de los últimos días. El sol, abrasador pero reconfortante, dibuja destellos sobre el agua, como si intentara esconder los secretos que el mar guarda en sus profundidades. Es un respiro necesario, aunque breve.
España nos espera al otro lado, y con ella, la promesa de respuestas. Juliette parece más ligera, como si el aire del Mediterráneo la rejuveneciera. Sonríe mientras el barco se acerca a la costa. Yo, en cambio, no puedo dejar de sentir el cosquilleo de la incertidumbre bajo la piel.
España nos recibe con los brazos abiertos, o al menos eso parece. Después de un largo viaje, el bullicio de un mercado local se siente como un mundo completamente distinto. El olor a especias, pescado fresco y pan recién horneado invade mis sentidos. Juliette, como siempre, se mueve con naturalidad, casi como si esta tierra también fuera suya.
Me arrastra hasta un puesto donde nos retratan en un dibujo que transforman el postal. Salgo afeitado y bien peinado en el retrato, ella dice "Le dije que te arreglara", rio fuerte. Juliette me toma del brazo y se separa de mi solo para volver a tomar mi brazo. Yo me dejo llevar, casi se siente natural llevarla del brazo y comprar frutas con ella.Mientras ella negocia con un vendedor, mis ojos se detienen en algo peculiar. Una puerta, discreta y algo desgastada, apenas visible entre los puestos de venta. Frente a ella, un hombre que no encaja. Viste como un vagabundo, pero su postura y su musculatura hablan de un entrenamiento riguroso. Sus ojos recorren el mercado con una mirada alerta, calculadora.
Decido acercarme. Las palabras brotan de mi boca casi sin pensarlas, un susurro aprendido en otro lugar, en otra época. “La sombra protege lo que la luz no entiende.”
El hombre me observa, evaluándome. Por un momento, creo que me he equivocado. Pero entonces, se inclina levemente hacia la puerta y murmura algo ininteligible. La cerradura emite un leve clic, y la puerta se abre lentamente.
Juliette, siempre perceptiva, se acerca y me lanza una mirada interrogante. “Confía en mí”, le digo, y cruzamos juntos el umbral.
El aire cambia al instante. De la vitalidad del mercado local pasamos a un ambiente cargado de tensión y clandestinidad. El mercado negro del Mediterráneo es un laberinto subterráneo, iluminado por luces tenues que apenas logran disipar las sombras. Aquí no se comercia con frutas o telas; aquí se intercambian secretos, armas y reliquias que parecen haber salido de pesadillas.Juliette toma mi brazo con fuerza. No dice nada, pero su agarre revela que está tan alerta como yo. Avanzamos entre puestos donde se exhiben objetos imposibles: frascos con líquidos de colores que parecen moverse por voluntad propia, amuletos de origen dudoso, e incluso partes de criaturas que no deberían existir.
España ocultista se abre ante mi.



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