Diario de Eugenio Robles 59: Leyendas y Sombra

 Leyendas y Sombra

8 de abril de 2024

 

España ha sido un terreno fértil para las sorpresas. Lo que comenzó como un paseo por el submundo de este país, ahora se ha convertido en un juego peligroso, una danza entre la verdad y la amenaza.

Hoy, en ese laberinto clandestino de objetos prohibidos y rostros anónimos, un comerciante se detuvo frente al dibujo que hice del rubí de Ignacio Cruz. Sus ojos se iluminaron, y en un murmullo ronco, dejó caer una revelación que todavía me resuena en los oídos: “El rubí de Tsekani no es más que un recipiente. No brilla por sí mismo. Hay que llenarlo… con algo.”

El hombre habló entonces de una leyenda que se remonta a hace mil años. Según él, en tiempos antiguos, un grupo de guerreros consagrados protegía un fuego eterno, un fragmento del mismo fuego que, según cuentan, ilumina el cielo de los justos. Este fuego no solo podía purificar, sino también destruir aquello que no pertenece al mundo de los vivos. El rubí era la clave, un contenedor para esa energía imposible. Se cuenta que protegia de ser quemados a sus tres portadores, Ahmed el valiente, Hossam el intrepido y a Hanif el sabio. Ahmed el valiente sello su rubí en su espada, para que esta lo protegiera, Hossam lo llevaba en el centro de su baculo para iluminar el camino y Hanif lo llevaba en el cuello para confortar su alma. Se dice que los tres se perdieron en el desierto siguiendo a un astro. 

Pero que sin embargo hay menciones de los rubís durante la historia, se dice que Atila llevaba la espada de Ahmed cuando trato de conquistar Roma, el baculo de Hossam fue visto durante el papado de Gregorio X, se calcula que esta encerrado en el Vaticano desde entonces. Se pensaba que Rasputin tenia el collar con el rubí de Hanif, sin embargo la última aparición de este fue durante la segunda

El aire se hizo denso. Cada palabra del comerciante cargaba el peso de siglos de misterio. Sin embargo, antes de que pudiera ir más lejos, su actitud cambió. Extendió la mano, exigiendo un pago por su conocimiento.

Saqué mi billetera, dispuesto a entregarle lo que pidiera. Pero Juliette, siempre un paso por delante, me quitó el dinero de las manos con una rapidez que me dejó desconcertado. Sin pensarlo dos veces, se lo arrojó al rostro al hombre. “Hoy solo dinero tendrás, merde,” espetó, con una furia que cortó el aire como una navaja.

Fue entonces cuando lo vi. Bajo la manga del comerciante, el destello metálico de una jeringa. Mis entrañas se enfriaron. Antes de que pudiera procesarlo, el hombre salió corriendo, desapareciendo entre los corredores oscuros del mercado.

“Te quería secuestrar, mon cher,” dijo Juliette con voz firme, tomando mi mano para sacarme de mi estupor. “Tus órganos, calculo.” Su mirada estaba cargada de determinación, pero también de algo más. Preocupación. Su mano se mantuvo firmemente entrelazada con la mía mientras nos abríamos paso hacia la salida.

El mercado negro se convirtió en una trampa en la que no debía haber caído. Al cruzar el umbral hacia la relativa seguridad de las calles españolas, una cosa quedó clara: este camino es cada vez más oscuro. Y más peligroso.

Mañana, buscaré respuestas en el hospital abandonado de Emilio Martinez, sino allo respuestas allí mi viaje llegará a un abrupto final. Pero con fe avanzo hacia las sombras con la esperanza de resolver el rompecabezas.

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