Diario de Eugenio Robles 62: Fragmentos de Cielo

 Fragmentos de Cielo

15 de abril de 2024



Algo inusual flota en el aire cuando llego al pequeño pueblo de Villa Arcano, una localidad casi olvidada en el mapa. Los lugareños aún hablan, con un fervor mezcla de miedo y fascinación, de las luces extrañas que danzaron en el cielo hace tres noches. Resplandores azulados, describen, como relámpagos congelados que zigzagueaban en completo silencio.

Me instalé en la única pensión disponible. La dueña, una mujer mayor llamada Doña Irma, fue la primera en darme una pista que no esperaba: "Nadie recuerda qué pasó después de las nueve." Al principio lo atribuí a exageración, cuentos de pueblo para alimentar mitologías locales. Sin embargo, a medida que entrevisté a más personas, el detalle se repitió con una consistencia perturbadora.

Eran las 21:12 cuando las luces aparecieron por primera vez, según todos los relatos. Brillaban como espinas de un cactus luminoso atravesando el cielo nocturno, inmóviles durante unos instantes, para luego moverse con una aceleración imposible de replicar por aeronaves conocidas. Nadie reportó sonido alguno, ni siquiera el rumor del viento.

Lo más inquietante fue lo que ocurrió después. Un vacío colectivo de memoria.

En todas las versiones, el siguiente recuerdo surge como una imagen interrumpida: relojes que marcaban las 21:37, sin explicación de lo que ocurrió en ese lapso. No es un simple olvido, vi el temor mal disimulado en los ojos de los lugareños cuando describían ese silencio abrumador. Algo faltaba, como una página arrancada de un libro que intentan recordar a la fuerza.

Un anciano llamado Don Ramiro se mostró particularmente reacio a hablar. Finalmente, tras algunos tragos de un aguardiente casero, murmuró casi como para sí mismo: "No deberían haber mirado tanto..."

El detalle que más me inquietó lo descubrí por casualidad mientras recorría el campo abierto que rodea Villa Arcano. Los animales estaban inquietos. Vacas y caballos se mantienian cerca de las cercas, evitando el centro del pastizal donde, según los lugareños, “las luces tocaron tierra”. No hay marcas visibles, pero el aire es distinto allí, cargado de una estática leve que eriza la piel sin motivo aparente.

Intenté usar mi brújula. Giró sin sentido, incapaz de fijarse en el norte.

Mientras observaba aquel campo desolado, una sensación incómoda se instaló en mi estómago. No estaba solo. No hay otra forma de explicarlo, aunque no vi ni escuché a nadie. Solo ese aire denso y expectante, como si el lugar mismo estuviera conteniendo la respiración.

He leído suficientes informes clasificados y expedientes olvidados en archivos mohosos como para reconocer un patrón. Estos eventos encajan en una narrativa que leí en 1956 a las afueras del Chaco. No se trata solo de luces en el cielo, esos 25 minutos perdidos tambien coinciden. Algo sucedió en ese intervalo, algo que nadie parece capaz de recordar… o querer recordar.

La conexión con otros casos en Brasil y en Uruguay, aún son parte de un rompecabezas, pero no puedo evitar pensar en el apagón de tres días en el norte y el ganado desaparecido sucedieron en las mismas fechas. Las coincidencias son para los ingenuos.

Mientras escribo esto, una idea inquietante se insinúa en mi mente: ¿Y si los recuerdos no se perdieron... sino que fueron tomados?

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