Diario de Eugenio Robles 63: Fragmento Silencioso

 El Pastizal Silencioso

18 de abril de 2024



Llegué a Los Sauces, una localidad olvidada en los márgenes del mapa. Un lugar donde la tierra es rica, pero la gente parece marchita, como si cargaran un secreto demasiado pesado. Diecisiete cabezas de ganado desaparecieron de una estancia cercana hace una semana. Sin huellas, sin rastros. Los pocos testigos dicen haber escuchado ecos extraños en el aire esa noche, como un murmullo eléctrico que flotaba en la brisa.

Don Esteban, el dueño de la estancia, me llevó al pasto chamuscado, donde las vacas desaparecieron. Era una extensión de tierra negra, perfectamente circular. "Como si un rayo gigante hubiera caído del cielo," murmuró con voz cansada. Las brújulas giraban sin control. Lo comprobé con la mía: la aguja bailaba como poseída, incapaz de señalar el norte.

Caminé por el perímetro del círculo, notando que el aire parecía más denso, cargado de electricidad estática. Mis pasos resonaban demasiado fuerte, como si algo invisible amplificara cada crujido del suelo. Encontré algunos restos de alambre derretido y fragmentos metálicos deformados, como partes de una máquina desconocida. No eran restos de un vehículo; parecían componentes de algo más avanzado... o más antiguo.

Cuando volví al pueblo, todo había cambiado. Los vecinos me evitaban. Me miraban con ojos recelosos desde detrás de las cortinas. La señora que me ofreció agua esa mañana cerró su puerta sin decir palabra. El mecánico, que había sido conversador y afable, ahora fingía no verme. Algo los había asustado.

Sentí una presión en el pecho, una advertencia muda. Algo o alguien les había ordenado callar.

Entonces lo vi, de pie junto a una camioneta negra impecable estacionada frente al almacén. Un hombre alto, elegante, de rostro anguloso y mirada calculadora. Impecable traje oscuro y un maletín de cuero desgastado, que sostenía como una reliquia. Parecía fuera de lugar, como una figura sacada de otro tiempo.

Cuando nuestros ojos se cruzaron, sonrió, con una calma perturbadora. Con un gesto cortés, se quitó el sombrero y lo inclinó en señal de saludo. Lo reconocí.

Era Demetri Montenegro, uno de los abogados del bufete Rosas, Montenegro & Barros, un nombre que había aparecido en varios casos inexplicables. Demasiadas veces para ser coincidencia.

Entre en el bar del pueblo pero nadie quizo hablar conmigo de los eventos extraños, incluso Don Esteban nego cuanto me había dicho. Cuando regresé a mi auto, encontré una tarjeta de presentación cuidadosamente colocada en el parabrisas. Sin nombre, sin número. Solo las palabras escritas en dorado, Rosas, Montenegro & Barros.

¿Advertencia? ¿Invitación?

Algo más que simples robos de ganado había ocurrido en Los Sauces. Y ahora, sabían que estaba investigando.

Comentarios

Acólitos