Diario de Eugenio Robles 64: Círculo olvidado

Círculo olvidado

25 de abril de 2024



Regresé a casa esta noche después de días persiguiendo sombras y vacíos. El cansancio pesaba en mis hombros como una losa, pero algo en el aire cambió apenas crucé el umbral. Un aroma a limpieza reciente, sutil pero inconfundible, me recibió como una vieja advertencia.

No encendí las luces. Los instintos son lo último que se pierde. Con la linterna en mano, revisé cada rincón. Todo estaba impecable, excepto mi habitación, donde el desorden seguía reinando como lo había dejado antes de partir. La misma rutina. Cocina pulida, comedor organizado, la lavandería ordenada como si un ama de llaves invisible hubiese pasado por ahí.

Revise la cámara de mi puerta, nadie había entrado o salido del departamento en mi ausencia. Pensé en ese momento el porque no puse una cámara de vigilancia dentro de la casa, me maldije por mi incompetencia como espía. Fuia mi biblioteca solo para encontrar el libro “Fenómenos Inexplicables del Cono Sur”. No estaba en mi escritorio, sino que estaba abierto sobre mi sofá mostrando la leyenda del Futre.

¿Curiosidad o advertencia?

Saqué la luz ultravioleta y comencé la inspección habitual. En el piso de madera, las huellas apenas perceptibles se dibujaron ante mis ojos: marcas de zapatos, ligeras, metódicas. Entraban por la ventana del estudio, seguían hacia la cocina y el comedor, nunca entraban en mi cuarto.

Mi estómago se tensó. Todo limpio. Todo ordenado. Todo salvo mi cuarto. El hilo de pescar aún estaba entre mi cama y la puerta, no tenia sentido, porque evitar solo mi cuarto.

Mientras observaba la puerta de mi habitación, algo me llevó a levantar la vieja alfombra gris que cubría la entrada. Allí, apenas visible, estaba el círculo de protección que dibujé meses atrás en una noche de desesperación y superstición. Un anillo de símbolos antiguos que descubri en el Chaco cuando perseguía al unicornio negro.

Aún estaba intacto.

Quizás por eso nunca cruzaron esa puerta.

Con manos firmes y un pedazo de tiza blanca, dibujé un segundo círculo en la entrada del estudio, el punto donde siempre parecen entrar y salir. Mientras trazaba los símbolos con cuidado, sentí algo indescriptible: una presencia observándome desde más allá de las sombras.

¿Protección o provocación?

Guardé la tiza y cerré la puerta del estudio con doble llave. Esta vez, los estaré esperando.

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