El elegante y su mirada
26 de abril
Uno de los soldados me detuvo cuando intenté acercarme. “Contaminación peligrosa,” dijo con tono monótono pero con los ojos muy abiertos. “Fumigación extrema. Muy tóxico.” La excusa sonaba tan artificial como sus movimientos. Algo más estaba ocurriendo y yo lo sabía.
Palermo es un lugar imposible para algo como el Huitranalhue, al menos en teoría. Su presencia debería ser incompatible con el caos urbano que lo rodea. Pero hay algo en esos árboles, algo que respira historia. Debía llegar a la plaza de los inmigrantes Armenios, donde supuestamente se avisto al Huitranalhue.Si un ser como él necesitara un refugio temporal, los rincones oscuros y los claros ocultos de estos bosques serían ideales. Muchos árboles con raíces profundas... Palermo es más salvaje de lo que parece a simple vista. Si todo eso fallaba, aún tenia una gran extensión en el predio de golf adyacente.
Mientras evaluaba mis opciones, un movimiento familiar atrapó mi atención. Allí estaba él. Alto, impecable, con ese porte inconfundible. El abogado de Rosas, Montenegro & Barros. Demetri Montenegro. Se movía con la misma seguridad que el primer día que lo vi, como si este fuera su dominio natural.
Aproveché un descuido de los soldados y me acerqué. Sus ojos se posaron en mí. Fríos, calculadores, como si ya supiera que aparecería. Arqueo ligeramente los labios en una media sonrisa.
—Sé que el Huitranalhue está en el bosque, —le dije sin rodeos. —¿Es esto parte de algún acuerdo? ¿Lo protegen... o lo cazan?
Un destello de reconocimiento cruzó su rostro, apenas una sombra de emoción. Luego, una sonrisa elegante, vacía de respuestas. “Señor Robles, no se de lo que me habla... pero si el gobierno no se hace cargo de la plaga todo el bosque estará perdido. Usted entiende”Antes de que pudiera insistir, un vehículo negro lo recogió y desapareció en la noche. El cerco militar seguía firme, impenetrable. Las patrullas sujetaban sendos rifles automaticos bajo sus pilotos, podía ver a lo lejos los vehículos recorriendo el perimetro. Demasiadas tropas para una simple fumigación.
Quedé solo, con más preguntas que respuestas. ¿Protegen el bosque de nosotros... o a nosotros del bosque?
El viento susurró a través de los árboles cerrados. Algo viejo y poderoso está ahí dentro... y alguien se asegura de que nadie lo descubra.
Mi teléfono sonó en respuesta a una pregunta hecha hacia media hora atras. Ruben, un viejo amigo de mis epocas de periodista criminal, me indico como entrar al bosque sin ser visto.
El juego continúa.




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