Diario de Eugenio Robles 67: El antigüo y su mirada

El antigüo y su mirada

26 de abril de 2024



El aire dentro de los Bosques de Palermo es más denso de lo esperado, cargado de algo más que humedad. La oscuridad aquí no es simple ausencia de luz; es una presencia en sí misma, viva y vigilante. Cada crujido bajo mis pies se siente como una intrusión deliberada.

La luz negra parpadea en mi mano, revelando rastros apenas visibles: líneas delgadas de un polvo plateado disperso, como migajas de algo viejo y olvidado. "Huellas de lo imposible", pensé.

Avance en silencio, cada paso calculado. El bosque parece respirar. Las ramas crujen sin viento. Mis instintos gritan que dé media vuelta, pero mi curiosidad es una fuerza más obstinada que mi miedo. Una patrulla pasa por una calle alrededor, me oculto entre los árboles, una literna potente recorre las imediaciones, mi corazon palpita como loco, mi respiración se tranquiliza de a poco.

Entonces, lo veo.

Dos puntos brillantes emergen de la oscuridad, ojos intensos, de un gris profundo, salvajes y antiguos. Mi pecho se congela. No son ojos humanos.

Caigo de rodillas lentamente, las manos alzadas en señal de sumisión. La lógica humana no aplica aquí; esto es territorio de leyendas y ceremonias, mi mente vaga hacia las leyendas Arturicas. Me inclino como un súbdito ante un rey cruzo mis dedos como haciendo una plegaria.

Perdón por la intrusión, —digo, mi voz tensa pero firme—. Solicito audiencia con el Huitranalhue.

La quietud se estira hasta volverse insoportable. Mi corazón martilla en mis oídos. El aire parece contener la respiración junto conmigo. Mis ojos firmes en el suelo, una gota de sudor recorre mi espalda.

Entonces, una figura se materializa entre las sombras: alto, imponente, vestido con ropas de gaucho desgastadas pero dignas, como sacadas de una pintura antigua. El cabello gris largo cae como una cascada de plata, moviéndose con una vida propia. Su andar es suave, sin esfuerzo, como si el suelo mismo lo llevara.

“Saludi es aképtado,” dice con una voz profunda y resonante, cargada de poder salvaje. El acento es un eco de tiempos perdidos, una mezcla de español arcaico y algo más... algo de que me hace recordar al Martín Fierro.

Estoy frente a un ser que no debería existir, un testigo de eras que la historia oficial se niega a reconocer. Su sola presencia parece retorcer las reglas del mundo moderno, recordándome que la civilización como la conozco es solo una fachada.

No sé cuánto tiempo permanecemos ahí, inmóviles, enfrentándonos como dos especies distintas tratando de entenderse. Hay sabiduría en sus ojos, me analizo con detenimiento, no solo mis ropas sino pude sentir su mirada en mi alma.

Mientras el viento susurra entre los árboles, entiendo algo profundo: el Huitranalhue ya no es un mito. Es un exiliado, un fugitivo de mundos olvidados, un rey sin trono que todavía protege su refugio en los confines de lo posible.

Y yo... yo soy un intruso que ha sido tolerado, por ahora.

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