El cronista y su mirada
26 de abril de 2024
“Prydusìos vòstrus nome e officyo, humano,” dice con voz profunda y pausada, cargada de una gravedad que parece arraigada en eras olvidadas. Su español arcaico resuena en mi pecho, como el eco de una catedral vacía.
Me esfuerzo por mantener la calma, pero mi mente es un torbellino. Hablar con él es como dirigirse a un rey desterrado. El instinto periodístico lucha por no reducir esto a un simple “encuentro extraño.” Aquí, las palabras deben ser elegantes y medidas, como un tributo a su historia.
Me inclino con solemnidad y hablo despacio:—“Soy Eugenio Robles, cronista y recolector de historias del mundo visible y de aquel que se esconde en las sombras.”
Mis palabras suenan extrañas en mi propia boca, como si estuviera actuando en un teatro ancestral. Pero él asiente levemente, como si aceptara el homenaje.
“Es nòticyo mìo esser? ...O solo cudrìcya vosstra?” pregunta, entrecerrando los ojos brillantes como plata líquida. ¿Noticia? Me sorprende que conozca ese término, como si estuviera al tanto de cómo el mundo ha cambiado desde su exilio en la Patagonia.
Antes de que pueda responder, toma una rama caída y comienza a tallar con una navaja de hoja larga y curva, un instrumento gastado pero mortalmente afilado. Sus manos son ágiles y expertas, como si tallar madera fuera una extensión natural de su ser.
—“No es noticia para el publico general, pero yo soy uno que intenta mirar hacia donde los demás ignoran.”
“Ochenta giros d’ la tierrra y sus estaciones... ochenta suspiros d’ un alma vieja...” La expresión en su rostro es una mezcla de sorpresa y consideración, su voz ahora es clara y menos vieja. “y al fin hallo un hombre q’ sse arrodilla sin deseo, q’ escucha sin ansia d’ mando... eres diferente, Cronista.”
Ochenta años... Pienso en todo lo que eso significa. Ha pasado casi un siglo desde que encontró a un humano que no intentó cazarlo o explotarlo. Su aislamiento ha sido absoluto.
“Regressa... peró no baxo lüzz menguante ni sol q’ todo lo quema,” dice de repente, alzando la mirada hacia la luna menguante. “Hazzlo quand’ la Luna estté en su esplendorrr, ssólo entonnçes la lüzz ssserá guía y no ssombra... ssólo entonnçes las palabraass sserán dignas d’ sser ditschass.”
Su tono es indiscutible, una orden disfrazada de invitación. Sin esperar respuesta, vuelve su atención a la madera, tallando un diseño intrincado con una concentración implacable.
No hay más palabras. Sé que es momento de marcharme, pero su presencia queda tatuada en mi mente como un símbolo indeleble de todo lo que el mundo no está preparado para comprender.
Mientras regreso en silencio, siento el peso de un pacto implícito. No soy un intruso tolerado; ahora soy un cronista convocado, un testigo destinado a registrar lo que debería permanecer en las sombras.




Comentarios
Publicar un comentario