Diario de Eugenio Robles 72: Ojos y polvo

Ojos y polvo

27 de abril de 2024



El polvo es honesto. No oculta nada, no tiene intenciones. Se acumula, implacable, dejando evidencia de la ausencia de mi visitante invisible. Mi cocina, el comedor, la sala: todo cubierto por una fina capa gris. Sin embargo, mi estudio…

Estaba limpio.

La puerta, cerrada como la dejé. Los libros alineados, la máquina de escribir reluciente, las hojas ordenadas. Demasiado perfecto. No soy meticuloso ni cuidadoso; mi estudio debería ser un caos creativo, una batalla perpetua entre ideas y papeles sueltos.

Quien haya limpiado mi estudio no buscaba robar nada. Todo estaba intacto… pero reorganizado. Los archivos de casos paranormales estaban clasificados con un sistema más eficiente que el mío. Mis anotaciones estaban corregidas con lápiz rojo. Detalles pequeños, fechas que yo mismo había pasado por alto, algunos de mis dibujos retocados con esmero.

Era un mensaje. Solo quedaba esperar a ver quien entraba en el estudio. 

La conversación con Demetri Montenegro me dejo devastado, solo queria dormir, así que eso hice, dormi hasta entrada la noche, me serví un trago y espere.

El vaso de whisky está tibio entre mis dedos, su aroma se ha mezclado con el aire cargado de polvo. La puerta del estudio sigue cerrada. Mi revólver descansa pesado sobre mi regazo, un ancla en esta vigilia silenciosa. Espero.

La protección es antigua, rudimentaria. Un simple círculo de tiza blanca, escrito con precisión obsesiva en la entrada del estudio. Un sello improvisado. No es algo que suela hacer, pero la paranoia enseña rápido. Si alguien entra… alguien queda atrapado.

El que limpió mi estudio y corrigió mis archivos estará dentro en cualquier momento. Lo sé con esa certeza instintiva que no permite dudas. No oigo nada, pero la sensación persiste, como un eco que no se apaga.

La noche es densa, silenciosa como un depredador que acecha. Cada crujido de los muebles viejos me pone alerta, cada sombra en la pared parece más profunda de lo que debería. Mi mente juega sus trucos habituales, pero esta vez siento que algo más se mueve en los límites de mi percepción.

¿Esperan que entre?
¿Quieren que abra la puerta?

No lo haré. No soy tan estúpido ni tan valiente. Mi juego es la espera.
El whisky se ha terminado y recargo el arma con calma. Mis manos están firmes. El miedo nunca desaparece, pero he aprendido a vivir con él como un huésped molesto.

El que está dentro sabe que estoy aquí. Lo sabe desde el momento en que puse el primer trazo de tiza. Esta es mi casa, mi coto de caza.

La pregunta es… quién se cansará primero.

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