Ojos y reencuentros
27 de abril de 2024
Avancé en silencio.
Abrí lentamente la puerta, sin respiración. Esperaba cualquier cosa, menos esto.
Ella estaba ahí.
Sentada en mi silla de madera frente al escritorio, ojeaba un libro de la arquitectura de Buenos Aires que hace una decada había olvidado que tenia. Sus manos tocaban las hojas con reverencia, como si su simple contacto fuera una afrenta al libro. Ella se giro, rapidamente se levanto, oculto sus pies descalzos tras la silla y alizo su vestido impecable.Alondra Caramaso, la última heredera de aquella Casona en Córdoba. Una chica de 15 años tan real como tu y como yo, aparentaba cierta calma estoica propia de su epoca pero podia vislumbrar su nerviosismo, como un niño al que estan por regañar. Su vestido victoriano impecable, el mismo que llevaba la noche en que derrumbaron su hogar. Pero habia desgaste en el, algunos hilos salian por los bordes. No era un espectro. No era una sombra atrapada en las grietas de algún recuerdo. Era ella en carne y hueso—Señor Robles... —
Guardé el revólver en mi espalda, sin apartar la mirada. No tenía miedo. Tenía preguntas.
—Alondra... —dije, con más firmeza de la que sentía—. ¿Qué estás haciendo aquí?
Ella se acerco un par de pasos con la misma elegancia que recordaba, un fantasma de otra época en un mundo que no le pertenece. Me saludó con una leve inclinación de cabeza, como si no fuera más que una visita educada.
Entonces lo vi. El relicario. Colgaba del estante superior de mi biblioteca, con un brillo suave y constante. El vínculo. Ella estaba atada a él.
—No supe cómo conducirme, así que opté por ocultarme. —Bajó la mirada, casi avergonzada—. Pensé que podía... hacerme útil. Limpié su hogar.
Por un momento, la realidad me golpeó. Semanas fuera, y mi departamento impecable, salvo por el polvo reciente.
—¿Porque? —pregunté, endureciendo el tono.
Ella levantó la vista, y vi algo en sus ojos. Nostalgia. Gratitud. Dolor.
—Porque vos siempre habéis sido justo conmigo.—dijo algo ofendida, recuperando algo de su altivez—. Me parecio de pesimo gusto habitar vuestro hogar sin ofrecer nada a cambio.
—No, no. ¿Porque estás aquí? —pregunté, endureciendo el tono.
—No lo sé, simplemente aparecí en este lugar al caer la noche—dijo con una sinceridad imposible de fingir—. Me ví sobrecogida cuando descubrí que no era mi hogar. Y por...Su silencio fue incomodo mientras miraba la alfombra de mi estudio, hasta que entendí. Ella aparecio por alguna razon cuando yo desdibuje la linea entre la vida y la muerte, tratando de ver a mi... a mi esposa, Jimena. Mis ojos empezaron a lagrimear sin cesar quise hablar, pedirle disculpas por lo que casi hice aquella noche, pero las palabras se me atragantaron.
Las emociones me sobrepasaron por al menos un minuto, su mano sosteniendo la mia me ayudo a controlarme, me sonrio, amable y comprensiva. Eso calmo los latidos de mi corazon, pero fue entonces que lo note, su mano estaba calida, palpitante... real.
Alondra Caramaso estaba de vuelta.
Y esta vez, no era un espectro.


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