Los ojos de un fantasma
27 de abril de 2024
—Cuando moraba en la casona, jamás me sentí del todo real. Todo cuanto me rodeaba tenía la cualidad de un sueño febril—dijo con un susurro que llenaba la estancia—. Podía recorrer sus pasillos, ascender las escaleras, abrir y leer los libros alineados en los estantes… pero nunca llegaba a tocarlos de verdad, señor Robles.
Se giró hacia mí, con una expresión mezcla de melancolía y alegria.
—Era como si la casona hubiera tejido para mí una réplica hecha de sombras y recuerdos. Lo que veía, lo que rozaban mis manos, no era más que un reflejo incierto. Los libros no tenían peso ni textura—. Acaricio el lomo de los libros a su alcance, una media sonrisa le ilumino el rostro.
Caminó hasta la ventana, donde el alba luchaban por colarse en la ciudad. El caracteristico brillo azulado entro como un oleada iluminando la el estudio con su luz que siempre pensé tenia la fortuna de alejar la noche como una Valkirya alejando a los mounstruos de la habitación de mi infancia.—Y cada aurora me traía la misma agonía. No era un sufrimiento del cuerpo, sino un desgarro del alma, como si fuera arrancada del mismo tejido de la existencia—dijo, su tono más bajo ahora—. Era el cruel despertar de quien no tiene derecho a soñar. Con cada amanecer, era devuelta a la nada. Y cuando la noche tendía su manto, volvía a ese encierro sin muros, a la prisión de lo que no es y nunca será.
Alondra hizo una pausa, su mano levantada, viendo cómo el brillo azulado tocaba su piel. Por un instante, parecía una adolescente común, ajena al abismo que había cruzado.
—Pero aquí... aquí es diferente, —continuó, mirándome con una sonrisa tímida—. En este lugar no hay vacío, no me arrastran de nuevo a las sombras. Simplemente... me duermo.
La emoción en su voz era casi infantil cuando añadió:
—Y hay más. Por primera vez en casi un siglo y medio, he debido cortar mis uñas.
Fruncí el ceño, confundido por su entusiasmo, pero ella sonrió ampliamente, levantando sus manos.
—¿Ve? —dijo, mostrándome sus dedos—. ¡Han crecido! Nunca antes había sucedido. Siempre las hallaba inmaculadas, inalterables, prisioneras del tiempo. Pero ahora…Hizo un gesto dramático, como si mostrara una joya valiosa acerco sus dedos a mi cara.
—¡He debido cortarlas! Fue… sublime.
Mientras hablaba, no podía evitar pensar en lo extraño de todo esto y lo normal que lo sentia en los huesos. ¿Por qué había terminado aquí? ¿Por qué mi estudio, de todos los lugares? La presencia del relicario colgando en la biblioteca parecía ser la clave, pero algo me decía que había más. Decidí no hacer preguntas de inmediato. Ella parecía tan emocionada, tan humana en ese momento, que interrumpirla habría sido un error. Sin embargo, las preguntas ardían en mi mente.
La luz del día comenzó a inundar la habitación. Alondra bostezó, un gesto sorprendentemente mundano para alguien que había sido un espectro por tanto tiempo. Tomo asiento en el sillon frente a mi, de manera muy delicada.
—Parece que pronto dormiré otra vez, —dijo, estirándose como si fuera lo más natural del mundo—. Pero antes, quiero agradecerle, señor Robles.—¿Por qué? —pregunté, incapaz de ocultar mi confusión.
Ella me miró, sus ojos llenos de algo parecido a la devoción.
—Porque este lugar me siento en un hogar y que creí perder para siempre.
Cruzo los brazos sobre su falda y en cuestión de segundos, se quedó profundamente dormida. Su respiración era lenta y regular, como la de cualquier persona. Me quedé mirándola un minuto... Necesitaba otro trago.
Mi estudio, mi santuario, no era mío únicamente ahora. Alondra Caramaso, la última heredera de una tragedia centenaria, estaba aquí, real y viva en mi espacio. ¿Cuánto duraría esta paz extraña? ¿Qué significaba esto para ella o para mí?
Me serví otro vaso de whisky y lo llevé conmigo a la sala de estar. Las respuestas vendrían con el tiempo.
O, más probablemente, con el caos.



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