Diario de Eugenio Robles 76: Los ojos de una adolescente

Los ojos de una adolescente

30 de abril de 2024



Horas después de que Alondra se durmiera en el sillón, me desperté de golpe, empapado en sudor frío. Corrí hacia mi estudio y lo encontré vacío. Se había desvanecido.

Inspeccioné la habitación, buscando alguna pista de su desaparición, pero no encontré nada, salvo el relicario que seguía colgando en su sitio. La fina cadena de plata reflejaba la luz del sol con un destello casi irónico.

¿Fue todo un sueño? ¿Una alucinación provocada por el cansancio y el whisky?

Decidí que sólo había una forma de averiguarlo: dormir durante el día y esperar su regreso al caer la noche. Si es que regresaba.

Desperté cuando el sol ya se había ocultado. El silencio en el departamento era absoluto, salvo por el crujido ocasional de las viejas cañerías. Encendí la lámpara de mi escritorio y me senté en la butaca, con el relicario colgando frente a mí como una promesa latente.

Entonces, ella apareció.

Sin ningún aviso, simplemente estaba allí, de pie frente a mi escritorio, desperezándose como quien se despierta de un largo y reparador sueño. Me vio y sonrió con la elegancia natural de una dama de otra época, su delicado gesto lleno de cortesía y calidez.

Señor Robles, os saludo con el mayor de los respetos. Qué dicha encontrarle en su morada en esta noche tan silente—saludó suavemente, como si nuestra extraña realidad fuera algo perfectamente común para ella.

Nos quedamos un momento en silencio, observándonos. Antes de que pudiera preguntarle sobre su desaparición, ella habló con entusiasmo, sus ojos brillando de genuina emoción.

Permitidme, si sois tan amable, hacer una confesión que me inquieta profundamente—dijo con sinceridad— temo haberme extralimitado en ciertos aspectos domésticos durante vuestra ausencia.

Fruncí el ceño, intrigado.

¿A qué se refiere exactamente?

Se ruborizó levemente, un gesto sorprendentemente humano.

En los albores de mi estadía en este siglo tan... singular, nada comprendía de las maravillas que lo adornan.—Señaló su vestido victoriano perfectamente planchado— Mi atuendo, confeccionado en otros tiempos, requería cuidados. Lo lavé con mis propias manos cinco veces, hasta que descubrí, no sin pasmo, aquel artefacto destinado a tal propósito. La máquina lavarropas... ¡qué prodigio del ingenio humano!

¿Un fantasma lavando ropa a mano? El absurdo de la imagen me hizo sonreír involuntariamente.

Prosiguiendo con mi falta—continuó— dediqué largas horas al estudio de las botellas y frascos que hallé en su gabinete de limpieza. Temía, con razón, utilizar algo indebido. Limpié cuanto me fue posible, procurando devolver al entorno la dignidad que merece su hogar, señor.

Entonces, bajó la mirada, avergonzada.


Y debo admitir... he incurrido en un acto aún más censurable. Me alimenté de algunos víveres que hallé en ese armario encantado de frío perpetuo que ustedes llaman heladera... así como de ciertos manjares de la alacena. —Se llevó una mano al pecho, como para contener una emoción que amenazaba con desbordarse—. Sé que no me correspondía hacerlo. Jamás desearía abusar de vuestra generosidad. Pero, creedme, señor Robles... sentir hambre, tras tanto tiempo en la incorporeidad... es casi un deleite. Como si la existencia, por un momento, regresase a mí en forma de apetito.


La miré, aún asimilando lo que decía. No sólo se había materializado físicamente, sino que estaba aprendiendo a vivir de nuevo. Su espíritu, atado por siglos a la casona Caramaso, ahora estaba aquí, en mi departamento, aprendiendo a manejar una realidad completamente diferente.

No tiene que disculparse, —dije finalmente—. Si mi comida le ha servido, entonces está bien.

Alondra alzó la vista, agradecida, con una sonrisa suave que parecía iluminar la habitación. Por un instante, el aire se volvió menos denso, menos cargado de misterio.

Pero las preguntas seguían ardiendo en mi mente. ¿Qué poder la había traído aquí? ¿Por qué ahora? ¿Qué significaba su presencia?

La respuesta aún parecía lejana, pero en ese momento su sonrisa hizo que todas esas dudas se desvanecieran, al menos por una noche.


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