Adaptandose al nuevo mundo
2 de Mayo de 2024
—¿Fue difícil... adaptarse a esta casa? —pregunté con cautela.
Ella sonrió, una expresión suave y genuina.
—Lo más extraño fue elegir qué comer —dijo, dejando escapar una risa suave, casi un suspiro—. Las conservas modernas son tan... impersonales. Nada se parece a los tarros que llenaban la despensa de mi madre, con mermeladas y caldos sellados con cera.
¿Cómo había aprendido a usarlas? Me pregunte. Antes de que pudiera hablar, ella continuó con voz delicada.
—Hace muchos años, un hombre se refugió aquí. Estaba desorientado, hablaba con sombras… pero no era cruel. Me mostró cómo abrir esas latas con un artefacto que llevaba consigo. Fue la primera vez en tanto tiempo que alguien me enseñó algo nuevo.Su tono estaba teñido de nostalgia y gratitud. Era extrañamente humano pensar que un vagabundo delirante había sido su maestro en ese extraño limbo que habitaba.—¿Y cuál ha sido... su mejor experiencia desde que volvió? —pregunté con auténtica curiosidad.
Alondra se ruborizó levemente y bajó la mirada, como si su respuesta fuera demasiado íntima para compartir. Pero tras un momento de duda, habló con voz serena:
—Sentir el agua caliente sobre la piel… —susurró—. Un baño lento, sin prisa, con el vapor envolviéndolo todo… fue como volver a despertar. Por primera vez me sentí menos espectro y más una doncella.
Un escalofrío me recorrió la espalda. ¿Cuántos siglos había estado atrapada en esa prisión etérea, sin poder experimentar algo tan básico como el calor del agua?
—Y también... —añadió con una sonrisa que le iluminó los ojos—, poder leer cosas nuevas. Durante tanto tiempo sólo tuve los mismos libros... los de mi padre. Los conozco de memoria, incluso los márgenes.
El amor por los libros era algo que reconocía profundamente. No podía imaginar la desesperación de estar limitada a los mismos textos durante tanto tiempo.
— Puedo ver que te has familiarizado con mi biblioteca. ¿Que es lo mejor que leiste hasta ahora?—
Se quedo pensativa un momento, su mirada paso por los estantes de mis modestas estanterias.
— El Señor de los Anillos, del señor Tolkien. Me encariñé con Gimli, aunque mi madre hubiera dicho que no es un nombre adecuado para soñar. Y Harry Potter… fue como un cuento antiguo, lleno de pena y de belleza. Me hizo llorar, pero fue un llanto distinto. Como si algo dormido despertara en mí.
Sonreí. Mi biblioteca era modesta, llena de ciencia ficción, fantasía y horror, pero para ella debía ser una ventana abierta tras siglos de encierro. Tal vez debería bajar a mi deposito y traer los libros de Jimena.— También encontré uno muy curioso —dijo, poniéndose de pie con gracia—. Habla de un futuro con robots y ciudades descomunales.
Buscó entre los estantes, con movimientos suaves, y sacó un libro de tapas amarillas.
—Yo, Robot. Qué claridad tan extraña hay en sus páginas… a veces pienso que esas máquinas entienden más del alma que muchos hombres.
Sonreí por el buen gusto de Alondra, por lo feliz que era ella. Me removi en mi sillon sintiendo el crujir de mis huesos, mis hombros se relajaron y deje que la chica me contara de que trataba el libro con la energía que yo habia perdido hace más de una decada.
En ese instante, entendí algo crucial: Alondra no solo había regresado... estaba aprendiendo a vivir de nuevo. Y, de algún modo, yo también.




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