Mi nuevo mundo
17 de Mayo de 2024
El reloj marcaba las tres y cuarto de la madrugada cuando un suave crujido rompió el silencio. Allí estaba ella, envuelta en su eterno vestido victoriano, tan impecable como la última vez que la vi. Alondra Caramaso.
Me levanté despacio, como temiendo que cualquier movimiento brusco la desvaneciera en el aire. Pero esta vez fue diferente: sonrió con una calidez genuina, casi radiante.
—Señor Robles... si no es demasiada molestia, me gustaría mostrarle algo.
La seguí hasta la cocina, un lugar que apenas reconocí. Todo brillaba. Las superficies relucían como si hubieran sido pulidas con esmero obsesivo. Sobre la mesa había una fuente de lo que solo pude describir como una obra maestra culinaria: una tarta rústica de frutas, dorada y perfectamente presentada.—Utilicé lo que encontré en la despensa... y algo de ayuda de esos aparatos modernos que aún me desconciertan un poco —explicó, con una chispa de orgullo en sus ojos—. Leí los manuales que guardaba en los cajones. Y practiqué... cuando usted no estaba.
Alondra se acercó y se inclinó ligeramente, un gesto lleno de la cortesía de su época.
—¿Le agradaría probar un trozo?
Probé la tarta. Dulce, con un toque de canela y algo más mundano... sabía a hogar. Por un instante, me sentí fuera del tiempo, como si aquella cocina estuviera situada en un rincón seguro del mundo.
Mientras tomábamos té (preparado con la precisión de una ceremonia), observé el vestido impecable de Alondra y su postura perfecta. Encajaba en ese entorno como una pieza perdida de un rompecabezas antiguo.
Sin embargo, la realidad seguía ahí, llamando suavemente a la puerta.
—Alondra, —dije con una sonrisa traviesa—, creo que es hora de actualizar un poco su vestuario... y su visión del mundo.
Saqué una pila de revistas de moda adolescente de una bolsa de lona gastada que traje conmigo. Portadas llenas de colores estridentes y tendencias modernas.Alondra parpadeó, desconcertada al principio, pero luego su expresión se iluminó con curiosidad genuina.
—¿Y así se visten las jovencitas ahora? —preguntó, hojeando con dedos cuidadosos como si se tratara de textos sagrados—.¡Cielos! Los colores parecen arrancados de un carnaval, y esos... vestidos —hizo una pausa, mordiéndose el labio con decoro— son breves hasta lo indecible.
Su risa cristalina llenó la cocina. No era burla, sino asombro puro, mezclado con una pizca de diversión.
—Prometo revisarlas con atención, señor Robles. —Se incorporó, adoptando su postura noble habitual—Si he de permanecer en este mundo... al menos que no me tomen siempre por una reliquia.
La noche continuó con historias, risas suaves y la promesa tácita de seguir aprendiendo a vivir en dos mundos distintos.
Alondra no solo estaba adaptándose, estaba evolucionando. Y, sin darme cuenta, yo también lo hacía.




Comentarios
Publicar un comentario