Luna en Mendoza
27 de Mayo de 2024
La cordillera tiene una forma peculiar de mirar a los hombres. No como una madre que abraza, sino como un centinela que observa, que examina nuestras intenciones sin decir palabra.
Hace frío aquí, un frío que no viene solo del clima, sino de lo que ocurrió —y de lo que sigue latiendo bajo la superficie de esta sierra mal dormida.
Había recibido el mensaje de un contacto antiguo. Me habló de un ataque extraño en un monasterio de la precordillera mendocina, cerca de Las Cuevas, un lugar donde el eco viaja más que las palabras. El relato, al principio, parecía el típico chisme rural: ganado desaparecido, monjes aterrados, un perro salvaje, tal vez rabioso. Pero cuando mencionó que ningún cadáver sangraba y que las cerraduras estaban rotas desde adentro, supe que tenía que ir.
Llegué al monasterio al anochecer. No esperaban visitas. Me presenté como siempre, con mi credencial gastada y una libreta en la mano. Dije que investigaba robos rurales. Me dejaron pasar. El hermano Mateo, un hombre de voz quebrada y mirada constante al suelo, me guió entre los muros fríos del convento. Aún había manchas negras en los muros, restos de una noche que nadie quería nombrar. Cuando le pregunté qué había visto, solo dijo:
“No fue un animal. No fue humano. Fue... otra cosa.”
Esa noche, me quedé cerca del lugar, en una de las celdas que alguna vez ocuparon novicios. No dormí. Afuera, el viento parecía hablar. No me gusta ser poético, pero hay veces que el lenguaje corriente no alcanza. El viento tenía ritmo, un quejido rítmico, como si algo grande respirara con la montaña.
Cerca de las tres, lo escuché. No un aullido. Un lamento. Bajo, ronco, de una garganta que no era de este mundo. Salí con la grabadora en mano, aunque sabía que el audio nunca captaría lo que mis huesos sí sentían.
Lo vi cuando crucé uno de los patios exteriores. Una figura alargada, de unos dos metros, parada sobre dos patas, con la cabeza vuelta hacia el cielo. Su espalda arqueada, su pelaje negro-azabache brillando con la escarcha... parecía parte de la misma noche.
Me acerqué despacio. La criatura bajó la cabeza y olfateó el aire.
Trague saliva. Mi respiración detenida.
En ese momento supe que me había notado. Dio un paso hacia mí.
Mis piernas querían correr, pero me anclé al suelo.
Cuando estuvo a menos de cinco metros, me miró. Sus ojos —de un amarillo profundo— se detuvieron en los míos. Olfateó con fuerza.
Puede que lo imaginara, pero siento que sonrió, se puso en cuatro patas, miro la luna y entonces... se giró y se desvaneció en la oscuridad. Sin apuro. Sin miedo.
No me atacó.Horas después, al amanecer, apareció una camioneta sin marcas oficiales. De ella bajo un hombre alto fornido, me saludo con una media sonrisa. "Robles, porque no me extraña verte metido en esto". Se giro con un equipo de seis personas y se adentraron en el monasterio. Tarde algo en reconocer a uno de los hombres que me escolto después de mi entrevista con Demetri Montenegro.
Yo por mi parte ya había tenido suficiente por un par de noches. Después de todo aún llevo el perfume salvaje de algo que me olió... y decidió que yo no era una amenaza.




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