Diario de Eugenio Robles 80: Milagros domesticos

Milagros domesticos

11 de Junio de 2024



Había pasado semanas viajando por el interior, investigando desapariciones inquietantes cerca de un viejo monasterio en Mendoza. Volví a mi departamento con bolsas cargadas de víveres, seleccionados cuidadosamente para mi inusual huésped. Alondra Caramaso.

A las tres en punto, como un reloj suizo, apareció. Su vestido victoriano, ahora gastado y algo deslucido, aún conservaba un aire de dignidad intocable. Su sonrisa era cálida y sincera mientras se inclinaba en un saludo formal:

Señor Robles, es un placer verlo de nuevo.

Antes de que pudiera responder, se dispensó con cortesía y desapareció en mi habitación para cambiarse. Volvió radiante, luciendo una falda larga hasta los tobillos, una camisa blanca y un chaleco gris que realzaban su porte elegante. Parecía una viajera del tiempo adaptándose con gracia.

La ropa moderna es una maravilla, —dijo, alisando la falda con satisfacción—. Tantas combinaciones posibles… y sin corsés.

La observé mientras servía té con precisión victoriana, reflexionando sobre cómo abordaría ciertos temas inevitables. Con un suspiro resignado, dejé frente a ella un libro:

“Crianza de preadolescentes: Las charlas incómodas con nuestros niños.”

Alondra parpadeó con expresión intrigada, como si se tratara de un tratado de alquimia desconocida. Me aclaré la garganta.

Hay… cosas de las que quizás sea mejor que aprenda por su cuenta, —expliqué, sintiéndome extrañamente torpe.

Sus mejillas se sonrojaron con un pudor genuino. Era evidente que entendía el trasfondo del asunto, incluso sin palabras explícitas. En su época, ciertos temas eran un terreno prohibido para las damas.

Con delicadeza, dejó el libro a un lado y su rostro se iluminó de emoción:

Debo contarle algo asombroso, señor Robles. ¡He descubierto un artefacto extraordinario!

Me incliné hacia adelante, intrigado. Alondra adoptó un tono de reverencia.

Es un pequeño aparato en su baño… una caja metálica que respira fuego...

Tardé unos segundos en procesarlo, hasta que comprendí.

¿El secador de cabello?

Asintió emocionada.

Sí, exacto. Produce aire caliente sin humo ni brasas. ¡Un milagro doméstico! —Pausó con solemnidad—. Al principio temí que fuera alguna clase de artefacto hechizado… pero su efectividad es incuestionable.

La idea de Alondra enfrentándose al secador de pelo como si fuera una reliquia arcana me hizo sonreír. Ella continuó con seriedad:

Lo he utilizado para secar mi vestido tras lavarlo. Fue… satisfactorio.

Nos quedamos en silencio unos instantes, compartiendo una especie de comprensión tácita. Alondra vivía en un umbral imposible, entre un pasado extinto y un presente desconcertante.

Y sin embargo, enfrentaba cada nueva maravilla con curiosidad genuina y dignidad inquebrantable. El mundo moderno no la había derrotado; la había intrigado.

Yo también aprendía algo. Quizás no todo cambio deba ser una lucha… algunos pueden recibirse con una sonrisa, una taza de té y un secador de pelo.

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