Una vida más allá de las sombras
20 de Junio de 2024
Cuando regresé esa noche, encontré el sofá cama ya preparado en el estudio, con una prolijidad que no necesitaba justificar. La colcha doblada al pie, la almohada centrada como si la hubiera medido a escuadra. Pasé la mano por la superficie estirada, sin intención de corregir nada, solo para asegurarme —supongo— de que seguía allí.
En la cocina, ella había dispuesto una cena sencilla: sopa tibia, pan apenas tostado, y una bandeja con cubiertos alineados como si esperara a un invitado importante. No dije nada, pero mientras me sentaba frente a ella, reparé en un detalle: su peinado había cambiado. No era el moño tirante de siempre, sino una trenza suelta que caía sobre un hombro, como si se hubiese permitido cierta libertad.
Comenzamos a comer en silencio. Fue ella quien habló primero, con ese tono medido de quien ensaya una confesión:
—Señor Robles... he salido a caminar esta tarde.
Dejé la cuchara dentro del plato y alcé la vista, no por alarma, sino por sorpresa.
—¿Saliste?
Asintió, con esa gracia de porcelana que no se le borra ni en los gestos más simples.—Di una vuelta a la manzana —dijo, como si se tratara de una expedición polar—. Me pareció prudente explorar el entorno inmediato antes de intentar algo más ambicioso.
No hice preguntas. Solo bajé la vista brevemente, respirando con lentitud. Un gesto automático, inconsciente, de quien procesa algo más grande de lo que aparenta.
—La ciudad… —continuó, su voz suave— es una criatura distinta a la que conocí. Ha crecido, como crecen los árboles torcidos: a empujones, buscando luz entre el caos.
Sus palabras me hicieron alzar la vista. Hablaba con una lucidez que pocas veces he escuchado.
—Los carruajes ya no chillan al pasar por los adoquines, pero el sonido de los neumáticos al doblar la esquina me recordó algo. Un eco. Las esquinas son otras, los carteles chillan, y la gente… corre. Pero debajo del ruido, está lo mismo. Lo esencial permanece.
—¿Qué viste? —pregunté, sin querer interrumpir el hilo que parecía tejerse solo.
—Un niño en bicicleta, tropezando con el cordón. Una mujer con un perro que la arrastra hacia cada árbol como si fueran estaciones secretas. Dos vecinos discutiendo sobre el lugar donde debe dejarse la basura… —sonrió levemente—. Son otros cuerpos, otras voces… pero la ciudad respira igual.
Mientras hablaba, acariciaba el borde de su servilleta como si fuera un objeto que aún no termina de comprender. La miré sin apuro. Había una soltura en ella que no le conocía. No era la rigidez del fantasma, ni el ceremonial de la señorita del siglo XIX. Era otra cosa. Una joven en pleno descubrimiento.
—El viento me reconoció —dijo de pronto, con un tono tan serio que me hizo fruncir el ceño.
—¿El viento?
—Sí. Cuando doblé por la esquina donde hay un almacén con toldo verde, me detuve. No supe por qué. Cerré los ojos. El aire que venía de esa calle tenía el mismo aroma que recordaba de la Casona… cuando todo estaba en pie.No supe qué decir. Me limité a asentir, aunque no comprendiera del todo. A veces, la memoria no necesita lógica. Basta con que algo nos toque en el lugar justo del pecho.
—Después de eso, supe que era momento de volver —dijo, como quien cierra un capítulo. Bajó la vista con un gesto humilde—. Espero no haber cometido una imprudencia.
—No —dije, con una lentitud medida—. Hiciste bien. Siempre que vuelvas.
Ella sonrió. No como antes, no con cortesía. Sonrió con los ojos. Fue una de esas sonrisas breves, reales, que no necesitan testigos.
Terminamos de cenar y ordenamos los platos. Yo los enjuagué mientras ella secaba con esmero, su gesto concentrado como si cada cubierto fuera parte de un ritual. Revisé, sin que notara, que no dejara grasa en los vasos. No por exigencia, sino por reflejo.
Esa noche, cuando se acomodó en el sofá cama, cubriéndose con la manta como si fuera parte de un ceremonial de clausura, no pude evitar observarla desde el marco de la puerta, unos segundos más de lo necesario.
No estaba vigilando. No estaba cuidando. Solo me aseguraba, quizás, de que estuviera allí.
Alondra Caramaso había salido al mundo. Y había regresado.
Y eso, en esta ciudad, es todo lo que uno puede pedir.

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