La luna llena
20 de Junio de 2024
La luna llena dominaba el cielo como un centinela plateado. La noche estaba quieta, como si el mismo bosque contuviera el aliento en una reverencia silenciosa. La noche helada hacia crugir el paso congelado bajo mis pies.El viento se sintió más calido, el pasto más blando. Respire y mi nariz no se quejo. Estaba fresco pero no frío, como a principios de Otoño en Buenos Aires. Me giré, ahí estaba avanzando hacia mí. El Huitranalhue.
No camina, se desliza. El viento parece llevarlo suavemente, como si la gravedad fuera solo una sugerencia para él. Dos metros de altura, cabello gris y ropas guachas gastadas, como las de un peregrino que ha cruzado mundos enteros.
Se sentó inclinado sobre una raíz retorcida, con una navaja de plata vieja en la mano, tallando madera con precisión. Sopló la madera, la miro a la luz de la luna. En su palma emergía la figura diminuta de un hombre, un arte tan detallado que parecía estar a punto de respirar.
—"A vos te konozko..." —dijo sin levantar la vista, su voz era profunda y áspera, como el crujir de un árbol viejo. Antigua.Tomé aire, sintiéndome vulnerable bajo esa mirada que finalmente se posó en mí, cargada de pesar. Había esperado este encuentro. No podía permitirme fallar.Mis piernas empezaron a temblar de manera sutil. Un sudor frio me recorria la espalda. Trague saliva. No era el momento para ser cobarde.
Avancé despacio y, sin rodeos, saqué el libro antiguo de mi mochila. El cuero estaba agrietado, las páginas aún olían a musgo y magia vieja.
—Te debo esto, —dije, ofreciéndoselo con ambas manos. —Lo tomé... sin derecho —pose una rodilla en el suelo y extendí mis manos con el libro.
Sus dedos largos rozaron la tapa como si reconociera a un viejo amigo perdido. No se apresuró a abrirlo. Era un símbolo, un gesto que entendía profundamente.
—No robaste. Tomaste kuando io olvidé q’ existía… —susurró, con un acento cargado de paz, dejo la figura parada en el suelo, con ceremonia guardo su cuchillo—. ¿Por ké viniste?
Me aclaré la garganta, recordando por qué estaba allí. Tomo el libro, pude sentir el olor a tierra que emanaba. Lo guardó entre sus ropas. Me pusé de pie, erguido, puse mis manos a la espalda ocultando el leve temblor en mi mano izquierda.
—Los protectores de este reino... quieren hablar con vos. Dicen que lo que saben... lo que yo sé... puede ayudar a ambos mundos.—Mi mundo… ya no es, kronista. —bajo la vista —Fue tragao por los hijos negros de la sombra. Nada keda. Ni piedra, ni raíz, ni nombre al viento. —miro a la luna, se paso una mano por la cara —Solo el recuerdo me camina adentro.
—Tu puedes salvar entonces este, —me acerque dos pasos, los sentí eternos —los protectores tratan de salvar a las personas comunes —me acerque dos pasos más, con las piernas temblando y mi respiración buscando desbocarse —acaso no proteges la gente del pueblo cerca de tu bosque.
Por un instante eterno, el silencio se volvió opresivo. El aire estaba cargado de esperanza y amenaza. Su expresión era un misterio, pero en sus ojos relampagueaban recuerdos lejanos.
—Oiré a los ke kuidan la tierra. No prometo lazo, ni entrego trato. —Su voz era grave, cargada de amargura contenida—. Solo dejo ke su palabra me roce. Nada más.
El Huitranalhue no rechazó la audiencia. Aceptó escuchar. Pero dejó claro que su lealtad no es gratuita, ni para mí ni para quienes me enviaron. No le interesan alianzas, solo el equilibrio... y quizás, en lo más profundo de su mirada, algún atisbo de redención.
Mañana se decidirá más de lo que puedo imaginar. Y yo estaré allí, como hoy, tratando de no manchar mis pantalones.


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