El pacto de Palermo
21 de Junio de 2024
Nunca pensé que mi vida tendría un valor negociable.
Anoche, la luna llena colgaba como un jurado frío y distante. La reunión se llevó a cabo en un claro escondido entre montes oscuros, donde la civilización se disuelve en mitos. Ellos llegaron primero, sin rostros visibles, solo silencios organizados y miradas calculadoras. No necesitaban identificarse; el poder verdadero nunca lo hace.
Frente a ellos, el Huitranalhue.
Era imponente y etéreo, como un espíritu vestido de hombre, con sus ropas guachas y su cabello gris agitándose con cada susurro del viento. Su andar era inexistente, como si nunca tocara la tierra. Y, sin embargo, era tan real como el frío que se filtraba a través de mi abrigo.
—El monte es mi reino. Su sombra, mi abrigo. Mientras io respire, será kuidao. —gesticulo con las manos —Y cuando mis huesos sean polvo errante… su memoria me guardará. —sus ojos se iluminaron con un verde sutil —Ningún alma ajena manda en los asuntos del bosque. Ni reyes, ni fierros, ni promesas vacías. Solo io decido bajo estas ramas.La voz del Huitranalhue era áspera y solemne, con el eco de siglos pasados. No negociaba. Declaraba.Ellos lo escucharon sin pestañear, inmóviles como estatuas entrenadas para la obediencia. No había arrogancia, solo propósito. Una figura en el centro, de porte militar pero sin insignias visibles, dio un paso al frente.
—Protección a cambio de cooperación.
Una propuesta directa. Sin subterfugios, sin adornos. El Huitranalhue permaneció inmóvil, pero sus ojos viejos y agudos relampagueaban con desconfianza.
—Doy consejo si hay respeto. Puedo dar saber de bestias viejas, de raíces hondas y nombres olvidados. Eso sí. Pero portales... —se agachó para estar a la altura del hombre de más rango —no hablo. Invokaciones... no muestro. Son sendas ke llevan al abismo. —miro al resto de los hombres allí —Io elijo qué saber se ofrece, y cuál se entierra en silencio.
Se enderezo, levantó el menton. Los soldados con las manos tensas en sus armas no se movieron un apice.—No voi a la guerra. No cruzo fierro con engendros, —puso su mano en el hombro —mi lucha es no ser parte.
Entonces mi corazón dio un vuelco.
—Y él. —El elfo giró su rostro inmenso hacia mí —Él es mi súbdito. Ningún acero, ninguna bala tocará su carne. Esto es ley.
Silencio absoluto. Por un instante creí que sería mi sentencia. La figura central de la organización me miró, calculando mi valor como un comerciante que sopesa mercancía extraña.
—Garantizado.
No soy un súbdito. Corrigo, no era un súbdito. No creo en destinos impuestos, ni en alianzas que respiran pólvora y magia. Pero allí estaba yo, firmado en un pacto que iba más allá de mi entendimiento. Mi vida protegida no por amistad ni lealtad, sino por una cláusula tejida en sombras y promesas antiguas.
El Huitranalhue ahora es un consultor externo, una entidad que esta organización respeta porque no pueden controlarlo. Y yo… ¿qué soy ahora?
Un cronista indeseado. Un rehén con libertad de movimiento.
Estoy más cerca que nunca. Ellos me protegen… por ahora. Pero en este juego, la protección no es más que una deuda temporal, y las deudas siempre se cobran.


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