Diario de Eugenio Robles 85: Tierras del monarca

La escarcha cedía bajo mi peso con una protesta tenue, pero constante. No importaba cuánto intentara suavizar el paso: siempre había algo que delataba mi presencia. Una hoja, una rama, el roce torpe de la tela contra la maleza.

Él no.

El Huitranalhue avanzaba unos metros delante, apenas inclinado, como si escuchara algo que yo no podía percibir. No apartaba las ramas: estas parecían retirarse antes de tocarlo. No elegía el camino: el camino se acomodaba a su paso.

Intenté imitarlo. Apoyé primero la punta del pie, contuve el aire, solté el peso con cuidado.

Crujido. Me detuve. Él también. No giró. No hizo falta.

—Cronista —dijo, con esa voz baja que parecía vibrar en el pecho más que en los oídos—. Usted pelea con el suelo.

Tragué saliva. Miré mis botas, como si ahí estuviera la falla.

—No sé hacerlo mejor.

—No es cosa de saber.

Avanzó un paso más, lento. Su pie descendió sin prisa, sin decisión visible. La tierra no respondió.

—Es cosa de no imponer.

Intenté otra vez. Esta vez más despacio. Exageradamente despacio. El sonido fue peor. Un gesto casi imperceptible de su cabeza me indicó que lo había notado. Seguimos caminando.

—El deber —dijo al cabo de unos pasos— no se aprende en el apuro.

No entendí la relación, pero guardé silencio.

—El deber es como andar en monte ajeno —continuó—. Si usted irrumpe, rompe. Si avanza con cuidado… llega.

Apoyé el pie otra vez. Esta vez no pensé en el movimiento, sino en el espacio. En no forzarlo. El sonido fue menor.

—¿Y si uno no sabe hacia dónde va? —pregunté.

—Entonces su deber es no perderse —respondió, sin detenerse—. Lo demás… viene.

El viento cruzó entre los árboles. Afuera de ese pequeño dominio suyo debía ser un frío duro, filoso. Aquí, en cambio, el aire se sentía distinto. Más leve. Como si el invierno no terminara de afirmarse.

—El honor —dijo— es más simple.

Se detuvo. Esta vez sí giró apenas el rostro. Sus ojos, opacos a la distancia, reflejaban algo más cerca. No luz. Atención.

—Es no hacer ruido cuando podría hacerlo.

No supe si hablaba del caminar. Probé un paso más. Silencio.

—No aprovechar la ventaja —añadió—. No pisar donde sabe que duele.

Asentí, sin estar seguro de haber entendido del todo.

—Y cuando nadie ve —agregó—… es cuando más importa.

Seguimos avanzando. Mis pasos ya no eran tan torpes, aunque tampoco silenciosos. Pero algo en mi forma de moverme había cambiado. No buscaba evitar el error: buscaba no irrumpir.

—¿Y la amistad? —pregunté, casi sin pensar.

El Huitranalhue no respondió de inmediato. Caminó unos metros más. Se agachó levemente, apartó una rama caída… y la dejó en un lugar donde yo no la hubiera pisado. No era necesario.

Pero lo hizo igual.

 —La amistad —dijo finalmente— no se anuncia.

Reanudó la marcha.

—Se reconoce.

Miré el suelo. Donde él había movido la rama, ahora había un paso limpio. Lo di. Sin ruido. Levanté la vista. Él no se había girado, pero su ritmo había cambiado. Apenas. Lo suficiente para que pudiera seguirlo sin forzar.

—No pide —continuó—. No reclama.

Avanzamos en silencio unos instantes.

—Pero está.

El viento volvió a pasar. Esta vez lo sentí distinto. No como algo que atravesaba el bosque, sino como algo que lo acompañaba. Di otro paso. Y otro. Por primera vez desde que habíamos empezado, no estaba pensando en mis pies.

—Cuando usted falte —dijo, sin detenerse—… se va a notar.

No supe qué responder. Había algo en esa frase que no encajaba con una enseñanza. No era una corrección. No era una advertencia. Era otra cosa. Seguimos caminando.

El bosque se abrió apenas, dejando pasar una luz gris, fría. Más allá de ese límite, el invierno seguía siendo implacable. Pero alrededor de él… persistía ese clima imposible. Ese otoño que no cedía.

Di un paso más. Silencio.

—Ya no pelea con el suelo —dijo.

—No —respondí, casi en un susurro.

—Aprende.

No sonaba como aprobación. Sonaba… suficiente. Caminamos un tramo más sin hablar. Esta vez, el silencio no era una prueba. Era compañía.

Hubo un momento —breve, casi imperceptible— en que ajustó su paso al mío. No lo dijo. No lo miró. No cambió nada de forma evidente. Pero lo hizo. Y yo… no tropecé.

No hizo falta decir nada más.

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