El mercado negro de San Telmo fue el primer lugar donde buscamos. Alondra, ahora "Alejandra Robles" ante el mundo, caminaba a mi lado con una familiaridad inquietante, como si esos pasillos oscuros llenos de susurros y promesas rotas fueran su hogar. Sabía negociar y leer mentiras con una precisión que me habría inquietado... si no fuera porque me salvó de pagar una fortuna por "sal negra", que resultó ser carbón común.
Sin embargo, no encontramos nada útil. Lo mismo ocurrió en el mercado clandestino de Avellaneda. Aceites exóticos, pergaminos falsos, amuletos inertes… puro humo para turistas incautos.
Fue entonces cuando tomé una decisión que había evitado durante meses: estudiar a fondo "El Legado Caramaso".
El Legado Desenterrado
Esa noche, en el departamento, encendimos velas y cerramos las cortinas. El libro, viejo y con un olor a polvo ancestral, yacía en el centro de la mesa. Alondra lo miraba con respeto y temor.
—¿Estás segura de esto? —pregunté.
Asintió lentamente.
—Es la única manera de entender cómo funciona el relicario… y tal vez… cómo liberarme.
Abrí la cubierta con manos firmes, mientras sus dedos temblaban levemente. Las primeras páginas eran un homenaje a su padre, Marco Caramaso, escritas en una caligrafía elegante y segura. El resto... era algo más oscuro.
Encantamientos y Embrujos
Estudiamos por horas. Los rituales detallaban métodos complejos para proteger almas y preservar espíritus. Encantamientos para reforzar la memoria, dar fuerza a los objetos o atraer buena fortuna. Embrujos, en cambio, eran oscuros, impulsados por deseos egoístas y contratos inquebrantables con fuerzas desconocidas.
Alondra era una erudita. Me enseñó diferencias esenciales:
—Un encantamiento se "teje" con intención y conocimiento —explicó, su voz firme y apasionada—. Un embrujo, en cambio, se "imprime" a la fuerza, dejando una cicatriz en el alma.
Vi algo cambiar en sus ojos. Allí, entre aquellas páginas antiguas, descubrimos rituales prohibidos. Sellos que podían contener entidades, pero que también devoraban la voluntad de quien los usara. Hechizos de protección que requerían sacrificios secretos.
Sabíamos que estábamos en territorio peligroso.
En Busca de una Mano Aliada
El libro tenía respuestas, sí... pero también oscuridad. Y ya no podíamos seguir solos. Alondra lo supo primero:
—Es hora de buscar ayuda.
Suspiré. Esa idea llevaba meses rondándome, pero ahora era ineludible. No podíamos enfrentar esto solos.
Tomé una vieja tarjeta de contacto, desgastada, con un sello familiar y discreto: Operación Nocturna.
Había prometido no volver a cruzarme con ellos. Pero algunas promesas se rompen para sobrevivir.
Marqué el número, mientras Alondra observaba en silencio, su mano firme sobre el Legado Caramaso.
La llamada se conectó con un clic seco.
—Código “Medianoche”. Habla Robles. Necesito una reunión.
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