Diario de Eugenio Robles 93: Los preparativos

 Abrí la puerta del departamento, agotado después de semanas persiguiendo una pista que resultó ser un callejón sin salida. El olor familiar a té de jazmín y el murmullo de voces me recibieron desde el estudio. Alondra Caramaso y Vincenzio Ricci, el agente de Operación Nocturna asignado para ayudarnos, estaban inmersos en una discusión sobre tácticas de contención.

Dejé mi abrigo en el perchero y observé desde el umbral. Ricci, con su chaqueta de cuero gastada y su actitud directa, hablaba con calma pero autoridad. Su voz tenía ese acento marcado de Rosario que lo hacía sonar casi relajado, a pesar de la gravedad del tema.

Alondra, de pie junto al viejo mapa que había clavado en la pared, señalaba rutas de escape y puntos de encuentro. Su mirada aguda y sus movimientos seguros mostraban cuánto había cambiado desde que apareció por primera vez en mi vida. Ya no era solo una joven perdida del siglo XIX, sino alguien decidida y preparada para enfrentar lo desconocido.


El Plan Contra "El Ignoto"

Sus palabras me llegaron claras:

Aquí es donde apareció la última vez. —Alondra tocó un punto en el mapa cerca de las antiguas galerías subterráneas de San Telmo—. El Ignoto no puede tocar lo físico, pero usa el miedo para desgarrar el alma. Si lo atrapamos aquí, donde el flujo de sombras es más denso, podemos anclarlo con un sello tripartito.

Ricci asintió con gesto concentrado.

¿Estás segura de que puedes manejarlo? —preguntó—. Esto no es un juego, piba. Si te toca…

Alondra lo interrumpió, firme:

He vivido siglos como un eco de mi propia muerte. Sé lo que significa enfrentarse a la oscuridad.


Mi Preocupación

Sentí un nudo en el estómago. Alondra estaba asumiendo un papel peligroso, luchando contra algo que ni siquiera comprendíamos del todo. Fingíamos ser "tío y sobrina", pero en el fondo, la veía como una parte de mi familia, una responsabilidad que no podía ignorar.

Entré al estudio, interrumpiendo su conversación.

¿Ya están planeando una cacería sin mí? —pregunté, intentando sonar ligero.

Ambos se volvieron. Alondra sonrió suavemente, mientras Ricci solo alzó una ceja con escepticismo.

Necesitamos a alguien que no se rompa cuando las sombras susurren en su mente, —dijo el agente con franqueza—. ¿Seguro que estás listo para esto, periodista?

Me encogí de hombros, ocultando mi preocupación.

¿Acaso tengo otra opción?

Alondra dio un paso adelante, sus ojos oscuros reflejando determinación.

Te necesitamos, Eugenio.

Y yo sabía que no podría alejarme, sin importar cuán insignificante pudiera sentirme en ese momento. Ella contaba conmigo, y eso era suficiente.

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